Hay libros que llegan con la precisión de un diagnóstico y la ternura de una confesión. Diario sexual de la hija de una monja, de María Hernández Delgado —fisioseóloga y fundadora del proyecto Vulváticas—, es de esa clase de obras que no buscan consolar sino nombrar: nombrar con honestidad aquello que muchas mujeres han sentido, pero rara vez han podido articular.
La autora parte de su propia historia —nacer y crecer en el seno de una comunidad religiosa, transitar los efectos del trauma y del apego inseguro— para trazar una cartografía íntima de cómo los vínculos tempranos moldean la sexualidad. No como curiosidad autobiográfica, sino como punto de partida hacia lo colectivo: lo que ella vivió en primera persona resuena, con distintas formas y los mismos aprendizajes, en miles de cuerpos que aprendieron a sobrevivir antes que a sentir.
Escrito desde la doble mirada de la experiencia vivida y la formación especializada, el libro traza el recorrido desde las relaciones disfuncionales hasta la posibilidad real de crear vínculos tiernos y propios. No ofrece fórmulas. Ofrece algo más valioso: espacio. Un espacio donde el placer no necesita justificarse, donde el cuerpo puede aflojar lo que aprendió por supervivencia y donde el permiso —ese permiso tan esquivo— puede, al fin, nacer desde adentro.
María Hernández toma la palabra para compartir, en su propia voz, el corazón de esta obra.
No aprendí a sentir.
Aprendí a adaptarme.
Mucho antes de entender, ya sabía sostener.
Sostener la ausencia.
Sostener la espera.
Sostener la autosuficiencia.
Hay una imagen que vuelve a menudo. Una trona. Una cocina. Una puerta que se cierra. Una bebé que se queda sola sin saber que debería llorar.
No hay drama en el recuerdo.
Eso es precisamente lo inquietante.
El cuerpo aprende rápido cuando no hay nadie al otro lado.
Aprende a no necesitar.
A no molestar.
A quedarse quieto.
Años después, ese mismo cuerpo entra en la intimidad con otras personas y hace lo que mejor sabe hacer: adaptarse.
Responder.
Encajar.
Sostener.
Durante mucho tiempo llamé deseo a eso.
Pero el deseo no tiene esa cualidad silenciosa de fondo.
No nace de la ausencia.
No se parece a la represión.
Lo que yo vivía tenía más que ver con la supervivencia que con el impulso.
Y no es una historia individual.
Es una forma de aprendizaje profundamente normalizada.
Cuerpos que han aprendido a leerse en función del otro.
A priorizar el vínculo sobre la propia experiencia.
A confundir disponibilidad con apertura.
Cuando el sistema nervioso se organiza en la hipervigilancia o en la desconexión, la sexualidad no desaparece,queda condicionada. Y ese modo se filtra entre sábanas, pensamientos, incluso en la forma en la que nos hablamos a nosotras mismas.
Escribir este libro ha sido una forma de volver a reconectar con mi cuerpo, mi alma y mi sexualidad.
No es un libro sobre sexualidad femenina en el sentido más cómodo del término.
Es más bien una pregunta sostenida en el tiempo: qué ocurre con la sexualidad cuando aprender a sobrevivir se vuelve más urgente que aprender a sentir.
Y qué pasa cuando, años después, ese mismo cuerpo quiere volver a casa.
Las lectoras que han terminado el libro comparten algo que se repite: el reconocimiento.
No en los detalles exactos de la historia, sino en lo que sostiene por debajo.
Nunca he sentido que mi recorrido sea excepcional. No por haber nacido en una comunidad religiosa. Tampoco por haber atravesado abusos.
Lo que aparece ahí no es lo extraordinario, sino lo profundamente compartido.
Distintas formas, mismos aprendizajes.
Distintas historias, los mismos cuerpos intentando entender qué pasó y, sobretodo, cómo volver a habitarse.
Te narro ese recorrido desde las relaciones disfuncionales y dolorosas a la posibilidad de crear vínculos tiernos y amorosos.
Estas páginas no vienen a decirte cómo vivir tu sexualidad.
Pretenden algo más incómodo y honesto: abrir un espacio.
Un espacio donde el placer no tenga que justificarse.
Donde el cuerpo pueda aflojar lo aprendido.
Donde te des el permiso, sin esperar que venga de fuera.
Por un mundo plagado de cuerpos-casa.
María Hernández Delgado
© L’Erotheque. Prohibida la reproducción total o parcial de este reportaje y sus fotografías, aun citando su procedencia.


